Odio

Ella juraba que la odiaba, si bien intenté —con poco entusiasmo, debo reconocer— hacerla cambiar de opinión, en el fondo sabía que era imposible; por eso me fui… no sin antes tomar papel y lápiz y dejar que mi corazón hablara, quizá por última vez.


«No te odio, nunca, ni por un instante, esa posibilidad cruzó por mi mente; no te odié aun cuando (en mi falso delirio) me diste motivos para hacerlo, pero sabes… a pesar de todo, no sé por qué no te odio aun sabiendo cómo acabó y siendo consiente de todo el daño que me causaste, sin embargo, odio no poder olvidar mi promesa de no olvidarte jamás, y me odio a mí mismo, por aun queriendo, no poder odiarte.»

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